Repensemos nuestra relación con la naturaleza

“El cambio climático está ocurriendo, los humanos lo están causando y creo que es quizás el problema medioambiental más serio al que nos enfrentamos.”

Bill Nye

Incendios en la sierra nevada de Santa Marta, Inundaciones en El Chocó, tornados en Estados Unidos, tsunamis en costas del Pacífico, terremotos en Perú son parte de las noticias que a diario nos traen los medios de comunicación y que se convierten en recordatorios que nos hace el planeta sobre la fragilidad de nuestro mundo y los límites que debemos tener los seres humanos cuando actuamos sobre el ambiente.

Ante este panorama, algunos de quienes manifiestan preocupación por los temas ambientales responsabilizan a la tecnología moderna de la existencia de esos problemas, cuestionando los logros de la civilización, despreciando el conocimiento científico e idealizando organizaciones sociales antiquísimas que vivieron en la precariedad y que fueron víctimas de fuerzas naturales que jamás comprendieron.

El desarrollo científico y tecnológico, más que daños, le ha generado inmensos beneficios a la humanidad. Hoy, a diferencia de la Antigüedad, es relativamente fácil calcular el impacto de cualquier acción de los seres humanos, de modo que los problemas medioambientales puedan ser corregidos con el nivel alcanzado por las fuerzas productivas. Si estos problemas no se resuelven es por razones diferentes a la tecnología misma.

Pero la defensa del desarrollo científico y tecnológico como un hecho positivo para el progreso de la humanidad y la preservación del medio ambiente no puede llevarnos a una especie de culto a la técnica, creyendo que todos los males se resolverán únicamente a punta de tecnología, con absoluta independencia de la manera como se relacionan entre sí los seres humanos.

Algunas consideraciones

Como lo hacen las demás especies animales, es de nuestra esencia tomarlo todo de la naturaleza. Nos apropiamos el medio ambiente transformándolo por medio de instrumentos, transformación que debe ser cada vez más amplia y profunda y que debemos efectuar mediante cada vez mejores y más poderosas aplicaciones científicas y tecnológicas. El no hacerlo podría significar desaparecer como especie de la faz de la Tierra.

Pero esta apropiación no se puede dar sin límites, pues no podemos vivir separados de la naturaleza que nos creó ni olvidar que de su buen o mal manejo depende la suerte de las generaciones presentes y futuras. Nosotros, a diferencia de los animales, somos capaces no solo de conocer sus leyes y aplicarlas adecuadamente, sino que estamos también en condiciones de evitar el impacto negativo de muchos de nuestros actos.

Nuestra actividad está ocasionando daños ambientales muy graves, no siendo este un fenómeno reciente, ya que existe evidencia sobre cómo en civilizaciones antiguas los seres humanos le produjeron graves daños a la naturaleza.  Al respecto, el antropólogo social Marvin Harris ha vinculado la crisis que destruyó a la civilización maya con la inadecuada explotación del medio ambiente.

Como consecuencia del desarrollo científico y tecnológico, especialmente desde el inicio de la revolución industrial y la llegada al mundo de la economía capitalista, los seres humanos podemos manejar una fuerza productiva descomunal, capaz de afectar el ambiente en una forma que antes no podíamos ni imaginarnos. Los efectos son muy graves, como el llamado calentamiento global.

El listado de problemas puede ser interminable y amenaza en materia muy grave nuestra presencia sobre el globo terrestre. Proyectos como la minería a cielo abierto que con tecnologías y maquinarias crean y destruyen montañas y trasladan ríos. La deforestación aumenta en cantidades capaces de afectar el clima sobre todo el globo terrestre. Millones de automóviles y grandes factorías producen volúmenes inmensos de gases causantes del efecto invernadero.

Pero siendo esto cierto, no podemos asegurar que el problema esté en el desarrollo de las fuerzas productivas y de la ciencia y tecnología. El problema está en la manera como los seres humanos decidimos relacionarnos con la naturaleza. Estamos ante un problema del modelo económico y social. No podemos seguir con un modelo económico que pone la codicia al mando. No podemos seguir promocionando un consumismo exagerado y una especia de actitud enfermiza frente al poseer más que al ser.

Qué hacer

Si el problema está en el modelo económico y social, debemos desarrollar una sociedad mejor organizada y más previsiva, una estructura económica y social capaz de abordar estos problemas en beneficio de la humanidad y no solo para favorecer a unas cuantas personas, sociedades o grupos que han venido aprovechándose del desarrollo para enriquecerse, causándole daños inmensos al resto del género humano.

La gravedad del problema requiere de acciones inmediatas y el compromiso de todas las naciones. Es así como en 1992 se da la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, que tiene como objetivo prevenir una interferencia humana «peligrosa» con el sistema climático, como primer paso para afrontar el problema. Hoy en día 197 países han ratificado la Convención, convirtiéndose en partes de la misma.

Para darle fuerza vinculante a los acuerdos el 11 de diciembre de 1997 se adopta el Protocolo de Kyoto con el objetivo de reducir las emisiones de seis gases de efecto invernadero que causan el calentamiento global. Pero el compromiso de las naciones desarrolladas no ha sido el esperado y es así como Estados Unidos, quien junto con China son quienes más aportan al calentamiento global, no lo ha ratificado.

Las políticas multilaterales sobre medio ambiente deben respetar la soberanía y autónoma de los países, considerando sus realidades nacionales y no utilizarse como pretexto para favorecer intereses de trasnacionales, como ocurre en la actualidad, o para menoscabar el desarrollo de las fuerzas productivas de los países menos desarrollados.

Sobre este tema debe propiciarse un debate franco y directo para que las políticas implementadas no sean más exigentes que las que puedan pagarse en un determinado momento sin entorpecer el progreso, pues ello conduciría a sacrificar todavía más a los débiles o a disminuir las inversiones en el desarrollo científico y tecnológico, lo que a su vez afectaría negativamente la correcta atención de los problemas medioambientales que se generan. La sociedad se volvería inviable si tomara menos de su medio ambiente que lo que invierte en él.

En esto el estado, como el principal instrumento de organización social, debe asumir la responsabilidad de garantizar la protección del medio ambiente mediante acciones legales que pongan límites a la acción de muchos intereses de la sociedad, sobre todo cuando está al mando el lucro individual, que pueden entrar en contradicción con el cuidado de la naturaleza.

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